Opinión

Que la política no sea el miedo: Juancho Muñoz

Es difícil pensar con serenidad en medio de tanta convulsión. Hay días en los que Colombia parece un país al borde de sí mismo, como si avanzar fuera un riesgo y no una promesa. A veces lo único que queda es escribir, para que la rabia no se vuelva encierro, para que el miedo no se acomode en el pecho como una sombra persistente. Estas palabras no bajan fácil. Se sienten como un taco en la garganta, por eso encuentran en la escritura una forma de respirar.

 Al intento de asesinato contra Miguel Uribe le siguieron atentados en el Cauca y en Cali. Todo en menos de una semana. Todo envuelto en un ruido ensordecedor que baja desde los micrófonos de la vieja política (de Bogotá y Medellín), que se cuela por los hilos de las redes sociales, que se disfraza de opinión y termina siendo combustible para incendiar lo poco que aún resiste en este país herido. La tragedia se convirtió, una vez más, en estrategia. No para convocar al cuidado, sino para reinstalar el miedo como lenguaje común.

Y entonces uno se pregunta, con el estómago apretado, quién gana con esto. Quién necesita que arda la democracia, que se tambalee el proceso de cambio, que la gente vuelva a desconfiar de todo. Hay sectores que solo se sienten cómodos cuando el país está de rodillas, porque es ahí donde pueden alzar la voz con autoridad prestada. No les interesa debatir con argumentos, les basta con sembrar miedo. No les interesa que Colombia se transforme desde la justicia, sino que retroceda hacia los privilegios de unos pocos. No es al gobierno al que le temen, es a la idea de que por fin el poder empiece a responderle a la gente común.

Cada vez que se intenta tocar lo intocable, cada vez que se habla en voz alta de redistribuir la riqueza, de garantizar derechos o de romper las lógicas de exclusión, reaparece la violencia. Como si fuera una reacción programada. Como si hubiera sectores decididos a impedir cualquier camino que no esté diseñado por ellos y para ellos. No hablo solo de quienes disparan. Hablo también de quienes incendian con palabras, de quienes manipulan la opinión para debilitar cualquier proyecto que no les pertenezca, de quienes prefieren un país fracturado si eso les permite seguir mandando.

Miguel Uribe no es un mártir. Y no debería serlo. Debería ser un político que, como todos, tiene derecho a hacer campaña sin temer por su vida. El intento de asesinarlo no justifica ningún discurso de revancha, ni legitima teorías conspirativas lanzadas al aire sin pudor. Pero tampoco puede usarse como excusa para estigmatizar a quienes creemos en otra forma de hacer política. No se puede permitir que la violencia sea el punto de partida para reinstaurar el viejo orden. Ni que quienes siempre han resistido el cambio usen esta tragedia para deslegitimar un proyecto que se ha construido con votos, con calle, con organización y con lucha. No escribo esto desde la neutralidad. Lo escribo desde una convicción profunda. Creo en la política que nace del encuentro, del conflicto democrático, de la dignidad de lo colectivo. Creo que el poder debe tener sentido público, que no puede seguir siendo administrado por los mismos de siempre, ni pensarse como un club cerrado para quienes se sienten con derecho natural a mandar.

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