
Por: Carlos Calle Galvis
Un análisis al discurso presidencial del 20 de julio y la respuesta de las autoridades locales que disputan el mérito del repunte económico del departamento.
En su discurso del pasado 20 de julio, durante la instalación del nuevo periodo legislativo, el presidente Gustavo Petro afirmó:
“Hoy Antioquia lidera el crecimiento industrial del país. Y no lo hace por las viejas fórmulas. Lo hace porque nuestras políticas están empezando a dar resultados.”
Con esta frase, el presidente no solo celebró el buen momento económico del departamento, sino que también lo atribuyó directamente a las medidas implementadas por su gobierno.
¿Qué tan cierta es esta afirmación? Vamos a analizarlo.
Es verdad que Antioquia lidera hoy el crecimiento industrial. Según cifras oficiales del DANE, durante el primer semestre de 2025, Antioquia registró el mayor dinamismo industrial del país. Sectores como confecciones, manufactura ligera y producción de alimentos mostraron un repunte por encima del promedio nacional.
El dato es real. Pero surge una pregunta clave: ¿este crecimiento se debe exclusivamente al gobierno Petro?
El presidente atribuyó este repunte principalmente a tres acciones concretas de su administración:
- La persecución al contrabando textil, que habría protegido a pequeños productores.
- La reducción de aranceles para insumos industriales.
- La facilitación de créditos para asociaciones productivas.
Y aunque estas medidas pueden haber tenido cierta incidencia, no existe aún evidencia técnica concluyente que demuestre una relación causal directa entre estas acciones y el crecimiento departamental. La afirmación presidencial toma un hecho verdadero (el crecimiento de Antioquia), pero omite aspectos clave como la trayectoria estructural, empresarial y local que durante décadas ha impulsado dicho desarrollo.
Lea también: ¿Por qué dejaron por fuera de la foto del Pacto Histórico a María José Pizarro?
Empresarios, académicos y autoridades regionales coinciden en que el mérito principal corresponde al sector privado, la inversión regional y la capacidad productiva antioqueña, más que a una intervención gubernamental específica.
Las declaraciones de Petro generaron inmediatas reacciones entre sus principales contradictores. Es el caso del alcalde Federico Gutiérrez, quien afirmó:
“¿Cuál es la ayuda, por Dios? Solo le falta decir que él va a terminar el Túnel del Toyo, cuando lo dejó tirado. Todo el día ataca a los empresarios y ahora se quiere colgar del éxito.”
Con tono directo, Fico sostiene que el crecimiento de Medellín y Antioquia ocurre “a pesar” del gobierno Petro, no gracias a él.
Por otra parte, el gobernador Andrés Julián Rendón declaró:
“El 70 % de la inversión productiva en Antioquia viene del sector privado. Creceríamos más sin usted, presidente, si en vez de destruir, generara confianza.”
Además, el gobernador resalta que la región ha asumido funciones que deberían ser responsabilidad del Estado nacional, incluyendo grandes proyectos viales, con esfuerzos y recursos propios.
Y entonces, ¿quién tiene la razón?
Ambas partes aportan elementos válidos, pero no se puede tragar entero. Sí, es cierto que Antioquia lidera la recuperación industrial. Y sí es posible que algunas políticas del gobierno nacional hayan tenido impactos marginales positivos. Pero es cuestionable afirmar que ese crecimiento se debe principalmente a tales políticas. La narrativa presidencial ignora años de esfuerzo local, inversión privada y liderazgo empresarial, apropiándose de una realidad para construir un relato políticamente conveniente en una región históricamente adversa.
Le puede interesar: Cambios en la fórmula al Congreso del equipo“Roldanista” de Bello
Antioquia atraviesa efectivamente un buen momento económico, eso es indudable. Pero lo que no podemos pasar por alto es cómo ese dato se ha usado políticamente, como si fuera consecuencia directa de una gestión central que, en realidad, ha tenido un rol secundario frente a los factores que verdaderamente impulsan ese crecimiento.
Y ahí está el verdadero riesgo. Estamos entrando en una etapa electoral donde cada dato, cada logro y cada discurso será usado como vitrina política. Por eso, hoy más que nunca, debemos escuchar con cuidado y desconfiar con criterio. Lo que digan los políticos hay que examinarlo con lupa. Las cifras deben contrastarse. Los discursos deben desmontarse. Y las intenciones deben entenderse.
Porque no son tiempos para ingenuidades: estamos en tiempos de elecciones. Y cuando el voto se acerca, muchos políticos utilizarán verdades a medias como estrategia de marketing. Ahí es donde entra nuestra responsabilidad como ciudadanos: No tragarnos el cuento entero.






