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Honor, memoria y violencia: Retrospectiva de un país que no deja de sangrar

Por: Carlos Calle Galvis

Han pasado varios días desde la muerte del senador Miguel Uribe Turbay, y esta columna, por respeto a su memoria, tenía que esperar. A veces es mejor guardar silencio cuando el corazón está lleno de tristeza. Esa fue la primera emoción que recorrió mi ser al leer la noticia. No fue esperanza: fue desconcierto, rabia, indignación. Y fue inevitable pensar, sentir y gritarle al país que tanto amo: país de mierda, ¿hasta cuándo vas a permitir que la impunidad se siente por encima de la justicia?

La muerte de Miguel Uribe Turbay no es un hecho aislado. Es la confirmación de que Colombia arrastra una patología: la violencia política como método para acallar ideas. Tenemos tan poca memoria histórica de nuestros sucesos violentos que, si saliéramos a hacer un Vox Pop preguntando por al menos un nombre, muchos fallarían. La memoria de los líderes que han muerto defendiendo sus ideas jamás debería desaparecer. Desde Rafael Uribe Uribe, asesinado en 1914 a hachazos en plena luz del día en Bogotá, pasando por Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y el Bogotazo que marcó a sangre y fuego nuestra historia como país, hasta los magnicidios de Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez a finales de los 80 y comienzos de los 90. Y más allá de esos nombres que ocuparon titulares, en cada vereda y municipio han seguido cayendo líderes sociales, sin importar quién ocupe la Casa de Nariño o qué partido esté en el poder.

En este caso, el dolor es doblemente cruel. Su padre, Miguel Uribe Londoño, hoy entierra a su hijo. Y su madre, la periodista y líder Diana Turbay, fue asesinada en 1991 durante un operativo fallido en su secuestro ordenado por Pablo Escobar. Tres décadas después, la violencia vuelve a golpear a la misma familia. No existe palabra que defina la muerte de un hijo, y mucho menos cuando ese hijo cae sirviendo al país.

Indigna ver la respuesta de algunos dirigentes políticos en el poder, comparando que el riesgo de la política es como el de montar bicicleta. Es más que una torpeza: es una bofetada a la memoria de quienes han caído defendiendo sus ideas. No, señor ministro: la violencia política no es un accidente, es la consecuencia de no aceptar las diferencias y de normalizar el odio como herramienta de poder.

A esto se suma la falta de honor en el servicio público. Que el presidente, al pedir un minuto de silencio, diga otro nombre no es un error menor. Podrán llamarme exagerado, pero el honor de quien muere a manos de la violencia y en ejercicio de lo político merece respeto y cuidado. No la obligación hipócrita que se cumple por protocolo, sino el reconocimiento sincero que nace de la memoria y la dignidad.

Estos gestos, sumados a la indiferencia, ocurren en un contexto de crisis institucional. Las encuestas lo confirman: la mayoría de los colombianos desconfía de sus gobernantes. Y no es para menos. Durante décadas hemos permitido —con cierta miopía— el hambre insaciable de corruptos que hacen lo impensable para robar recursos públicos y manosear el poder para favorecer intereses personales. Hemos tolerado que la compra de un voto sea la puerta de entrada para tiranos que desprecian a sus ciudadanos y gobiernan para sí mismos. Platón lo advirtió hace más de dos mil años: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”. Y aquí seguimos, pagando ese precio. Porque mientras la política sea vista como un negocio y no como una vocación, los peores siempre serán los que lleguen al poder.

Un país que quiere cambiar no puede seguir votando por quien reparte tamales en época electoral, por quien negocia la conciencia de un pueblo a punta de promesas vacías. Necesitamos líderes con sentido real de servicio público: hombres y mujeres que entiendan que la política no es un trampolín para enriquecerse, sino una responsabilidad para proteger y dignificar la vida de todos. Líderes que lleguen al poder con las manos limpias y la conciencia clara, no con las uñas listas para rasgar el erario.

El silencio no debería ser el camino de los líderes. La indignación es natural, pero no basta. Liderar significa poner la vida entera  y no me refiero solo a existir, sino dedicar cada esfuerzo y cada talento al servicio del bienestar colectivo. Significa asumir que la política no es un escenario para protagonismos ni un botín para repartir, sino un compromiso permanente con la construcción de un país digno. Como dijo alguna vez Jaime Garzón: “Creo que si uno vive en este país, tiene una tarea fundamental: transformarlo”.

Por eso este mensaje, más que un análisis político, es un llamado a la unidad. A inspirar a cualquiera que quiera hacer de su país un lugar mejor. Porque esto se construye con amor, con honestidad y con la convicción de que el poder no se usa para servirse, sino para servir.

A la memoria de todos los líderes políticos que han entregado su vida por sus ideas: honor a su memoria y patriotismo, a su servicio público.

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